Preámbulo

Cuando aún teníamos reciente nuestro último viaje a Namibia, con el sabor de la arena en nuestras bocas y el aroma de los animales aún rodeándonos, lo que menos me podía imaginar es que nos iba a surgir de la nada otro de esos viajes inolvidables que estaban incluida en la lista secreta de sueños por cumplir.

No fue así mas que un día veo un vídeo colgado por nuestro conforero subi y dirigido a su amigo Vicente, que vive en los confines del noroeste de Estados Unidos, en el que se mostraban las bondades de algunas de las afortunadas estaciones canadienses y en las que sólo se veían sonrisas en un idílico entorno blanco.

Así, sin más, le comenté medio en broma que a la siguiente me apuntaba con ellos y la respuesta tanto suya como la de su mujer y también conforera Maitetxu nos animó a unirnos a su nueva aventura planificada al efecto y del que yo no sabía nada y no conforme con ello, subi insistió utilizando la sucia estrategia del “no hay huevos” por todos conocida.

El resultado fue el de acoplarnos en plan lapa sorbiendo de la preparación y los conocimientos de ambos, algo infrecuente en mis viajes, pues suelo ser yo quien se los prepara. Una sensación un tanto extraña el ir a un viaje que ya está organizado, donde la mayor parte de la información ya está recopilada, quedando pendiente sólo algunos detalles y la implementación de la mayor parte de la planificación.

Una vez supimos que teníamos disponibilidad para la semana en la que estaba planteado el viaje, sacamos los billetes de avión, suponiendonos a Mercedes y a mí un pequeño sobrecoste porque íbamos con retraso. KLM fue la aerolínea elegida y pudimos constatar con avatares posteriores que su servicio post-venta es muy bueno, al menos el servicio de atención al cliente. Una carestía que sin embargo no iba a echar para atrás una oportunidad como ésta.

Y fuimos paso a paso ejecutando la meticulosa planificación llevada a cabo por Maitetxu, que lo tenía todo calculado hasta el más mínimo detalle.

Comprobamos los pasaportes, pues es necesario que se puedan leer electrónicamente por las máquinas lectoras que hay en los puntos de control de la frontera, detalle por otro lado un tanto redundante, pues desde 2003 los pasaportes ya cumplen este requisito.

Para viajar a Estados Unidos desde España no es necesario sacar un visado de entrada, pero sí es necesario cumplimentar el formulario del ESTA (Sistema Electrónico para la Autorización de Viaje en sus siglas en inglés) en la que se debe cumplimentar una serie de formularios facilitando tus datos personales y respondiendo a simples preguntas. Se puede rellenar de forma individual o en grupo, siendo esta segunda modalidad más barata si se viaja en compañía. El precio de este trámite, en cualquier caso no es alto, creo recordar que unos 14$.

Una vez enviada la solicitud, lo normal es que tarden entre uno o dos días en dar una respuesta, aunque a mí me la dieron en menos de dos horas. En la respuesta simplemente te indican si eres “elegible” para el viaje o por el contrario no se te permite la entrada. El que seas elegible no implica que posteriormente puedas ser rechazado en la propia frontera. La página se puede leer en español, por lo que no debería ser un trámite problemático.

El hotel seleccionado fue el Homewood Suites de la cadena Hilton. La elección de este hotel no fue casual, pues a pocos metros del mismo parten los autobuses que suben a las estaciones de esquí del Midvale. Hasta este detalle estaba planificado.

^^ Entrada principal del hotel

Otro trámite fue el de sacar el pase a pistas. Aquí, de nuevo, Maitetxu lo tenía muy bien estudiado. Existen varias posibilidades de para sacar los pases a pistas. La normal sería sacar el pase individual o de varios días para cada una de las estaciones. Esta modalidad, en Estados Unidos, suele ser muy cara, pues la horquilla de precios varía desde los 89$ que podía costar en la estación más barata, Solitude, hasta los 137$ de Park City. Además, si se quiere realizar la compra por adelantado, es necesario indicar el día que se quiere ir, no son pases abiertos.

Pero existe otra posibilidad que es la de sacarse el Super Pass. Este es un pase que ofrece el ayuntamiento de Salt Lake City en coordinación con la oficina de turismo de Utah, es mucho más abierto y sobre el papel está muy bien pensado. En él se incluye la posibilidad de esquiar en cuatro estaciones: Alta, Snowbird, Brigton y Solitude.

Además, se incluye el pase nocturno en Brighton, cuyo horario de remontes es similar al que se ofrece en algunas estaciones japonesas como la de Niseko, en la que se puede esquiar sin parar desde las 9 de la mañana a las 9 de la noche. Todo un castigo para las piernas de los más adictos.

Otra ventaja más es que el transporte a pistas no supone un sobrecoste y se permite utilizar el TRAX (tranvía que recorre el valle) y autobuses.

Y por si fuera poco, no es necesario indicar en que fecha se va a utilizar, pues se activa en el primer momento en el que se pase por un torno de alguna de las estaciones de esquí. Este pase obliga, eso sí, a esquiar al menos tres días y permite un máximo de 10 días. Pero esto tiene truco, porque son 3 a 10 días de 14, es decir, que no es necesario esquiar días consecutivos, por lo que te garantiza el mismo número de días esquiables aunque algún día se cierre la estación por climatología adversa.

Sólo se permite esquiar en una estación por día excepto en Solitude y Brighton, unidas por remontes.

Después de mucho hablar, pensar y discutir, decidimos sacar el pase de 5 días sobre 14, por si algún día no podíamos ir a esquiar o por si decidíamos cambiar de estación, pues había ganas de conocer Powder Mountain por parte de Subi y Park City por mi parte.

Las estaciones incluidas en el Super Pass de Salt Lake City están distribuidas en dos valles o cañones, el Little Cottonwood Canyon y el Big Cottonwood Canyon, mediando entre ambos una cadena montañosa que los separa y ambos incluidos dentro del parque nacional de Wasatch-Cache. En el primero de ellos se encuentran las estaciones de Snowbird y Alta y en el segundo las estaciones de Solitude y Brighton.

Como podéis imaginar, para acceder a dichas estaciones existen dos rutas distintas cubiertas por tres líneas de autobús. El 972 nos llevaba a Solitude y Brighton, mientras que el 953 nos llevaría por el Big Cottonwood Canyon.

Tanto el 972 como el 953 tenían una parada al lado de nuestro hotel. O eso creíamos hasta que Maitetxu descubrió que el recorrido seguido por el 953 lo habían modificado este año, de forma que nos quedaba la parada a casi un kilómetro de distancia desde donde se encuentra el hotel que habíamos elegido.

Las furibundas reprimendas de nuestra organizadora no dieron sus frutos, lógicamente, por lo que tuvimos que planificar la forma en la que podríamos tomar este autobús y cuya solución, si bien es simple, también es molesta, pues tendríamos que coger el 972 hasta alguna de las paradas comunes que tenían ambas líneas y ahí hacer el transbordo, por lo que el tiempo de trayecto se incrementaba, eso sin mencionar la molestia de tener que cambiar de autobús con todo el equipo de esquí a cuestas.

Además, consultando los horarios, los del 953 estaban muy limitados y sólo funcionaban unos pocos autobuses por la mañana muy temprano. Tendríamos que estar en nuestra parada de conexión como muy tarde a las 8.25 h. pues éste era el último autobús que subía. Y por la tarde tampoco es que bajaran muchos más autobuses. Nuestras opciones eran tomar los autobuses de las 4.45, 5.15 ó 5.30. No habían más.

Posteriormente y ya metidos en el viaje, llegamos a la conclusión que ésta línea estaba pensada más para los trabajadores de la estación que para los esquiadores en sí.

Este hecho no sólo nos molestaba a nosotros, pues en una de las bajadas, hablando con una chica argentina que trabajaba en Snowbird nos comentaba lo molesta que estaba con este horario, pues para ella, que finalizaba su trabajo a las 11.00 h. tenía que esperar hasta las 14.10 h. para poder regresar a su casa. También es verdad que la chica no esquiaba pues estaba de viaje de estudios pasando un año en Utah y el trabajo lo tenía para paliar un poco el coste de dichos estudios.

Existe otra línea, la 994, con unos horarios muy amplios, pero que no estaban ni mínimamente cerca de nuestra base de operaciones y tampoco era fácil enlazar con otros autobuses. Para poder utilizar esta línea, sería necesario subir a la línea 972 en dirección contraria a la del sentido de pistas hasta llegar a la estación Midvale Fort Union del TRAX, bajar al sur hasta la Historic Sandy Station y ahí sí, tomar el mencionado autobús. Y todo esto con los esquís y las botas a cuestas. Esto agregaría como una hora más al trayecto, convirtiendo la subida a pistas en una incómoda excursión de algo más de dos horas.

Plano del TRAX
^^ Plano del TRAX

La conclusión es que no se ha pensado muy bien en la opción del transporte a pistas, por lo que si decidís venir a Utah y alojaros en algunos de los núcleos de población de esta megalópolis, en mi opinión, lo mejor es alquilar un coche, porque facilita mucho los desplazamientos a pesar de que suba algo el coste. Además, aparcar no ofrece dificultades siempre que no se vaya al centro de la ciudad, e incluso se puede acudir a algunos de los parkings disuasorios que se han creado para evitar las aglomeraciones en pistas y ahí sí, coger alguno de los mencionados autobuses.

Los astros, al igual que el cambio climático, se vuelven locos y empiezan a surgir los primeros problemas.

Cuando ya más o menos estaba todo organizado, bien planificado, quedaba por plantear la cuestión de si alquilábamos esquís o los llevábamos desde España. Tanto KLM como Air France, las aerolíneas funcionan como una sola empresa, permiten sustituir una pieza de equipaje por equipaje deportivo sin coste adicional, siempre que el equipaje deportivo no supere la franquicia de los 23 Kg. Al consultar las distintas páginas que ofrecen alquiler de esquís todos llegamos a la conclusión que eran caros, pues aproximadamente salía a unos 40$ diarios y normalmente los precios ofertados en Internet y con antelación suelen ser más baratos que en tienda física. Así que decidimos que nos llevaríamos nuestros propios esquís.

Pues bien, al ir cambiar las condiciones de equipaje, me encuentro con que uno de los vuelos de vuelta lo habían anulado. El vuelo, que inicialmente hacía escala en Atlanta ya no existía y automáticamente nos habían asignado otro vuelo con el inconveniente de que el tiempo de transbordo de un avión a otro era de tan sólo 50 minutos. No nos llegó ningún aviso ni al teléfono, ni al messenger (pues yo indiqué en su página que me informaran también por este medio) como tampoco llegó ningún mensaje al correo. Imagino que al asignarnos directamente otro vuelo el sistema no envió notificación alguna, pero en este aspecto creo que KLM / Air France debería mejorar su sistemas de alerta.

Aviso a mis compañeros de viaje y enseguida me pongo en contacto con el servicio de atención al cliente, que muy amablemente me ofrecieron cambiar el vuelo por otro a Nueva York y cuya escala era de dos horas. En este aspecto, hay que alabar la eficiencia con la que nos resolvieron este problema. No nos pusieron absolutamente ninguna pega, no hubo sobrecoste alguno (aunque fuera por error) y todo fueron buenas palabras, muchas de ellas dedicadas especialmente a pedir miles de disculpas por este, según ellos, imperdonable fallo.

Pero lo peor aún estaba por llegar. Un buen día, Maitetxu empieza a sufrir dolores en la pierna y se entera que tiene una hernia y que además, después de muchas pruebas es necesario operar. El problema es tal, que no puede permanecer ni cinco minutos sentada. O de pie o tumbada. En estas condiciones es totalmente inviable viajar en un avión y menos una distancia como ésta en la que hay que permanecer en el avión más de 10 horas en el trayecto más largo, además de las colas y esperas en los aeropuertos así como el posterior traslado al hotel.

Se cae del viaje y Subi, con cargo de conciencia tampoco quiere ir, pese a que Maitetxu le insiste, con tal convencimiento que al final se vino, pero me consta y así lo dejo claro, que tenía cargo de conciencia al momento de iniciar el viaje.

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Esta entrada fue publicada en Utah. Una historia americana.. Guarda el enlace permanente.

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